martes, 22 de abril de 2008

Mario Escobar, un escritor que reencarna



A los 16 años de edad, Mario Escobar Velásquez, un joven de Támesis, salió de su casa en Pereira sin decir una palabra. Dejó una carta a su mamá en la que le informaba que se iba para Medellín. Había cursado hasta segundo de bachillerato y como su padre lo había obligado a dejar los estudios para dedicarse a hacer los mandados del negocio familiar, un día, sin dársele nada, y cansado de esa situación, abrió la puerta y se marchó. Esa misma escena se repetiría años más tarde cuando abandonó su fábrica metalmecánica, para manejar su finca en Urabá. En ese entonces Mario ya rondaba los cincuenta y fue a partir de esa época cuando empezó su verdadera vida, entregada a lo que más le gustaba hacer: escribir. Luego de dos años de vida pastoril, en 1979 ganó el premio de novela Vivencias con su libro Cuando pase el ánima sola. Entonces volvió a Medellín y allí continuó con su obra, que lo llevó a ser uno de los escritores más prolíficos del país. En su libro Diario de un escritor, Mario expresó: “Cuando se entra a escribir una novela nueva, se entra en alguna especie de esclavitud. Uno está compelido, y no es dueño. La compulsión es uno mismo, pero es evidente que ya no se es dueño y se está determinado”. Mario fue un esclavo de la literatura y escribió hasta los últimos días. Su idea era hacer una obra voluminosa, y lo logró. Publicó más de quince novelas, decenas de cuentos, ensayos, crónicas y reportajes. Los más importantes son Cuando pase el ánima sola, Un hombre llamado Todero, Toda esa gente, Marimonda, Historias del bosque hondo, Muy Caribe está, entre otras.

Odios y amores

Mario regresó a Medellín y se ganó la vida dirigiendo talleres de escritura. En su casa, donde escribía, se sentaba en su estudio, solo, rodeado de libros. Ponía un bombillo en la parte de abajo del escritorio para calentar el ambiente. Allí escribía durante horas. Vivía en Aranjuez, al lado de una quebrada, y todas las mañanas les daba arroz a las tórtolas, y mantenía agua y azúcar para los colibríes. Como maestro parecía de esos antiguos, magistrales, de una sinceridad que podía molestarle a muchos. A sus alumnos les exigía una agenda como las que él usaba. Existe la anécdota de una de sus estudiantes a quien en medio de una clase le atestó un ‘agendazo’ en la cabeza. El hecho fue suficiente para que ella se retirara. Pero también había otras que se encariñaban con él, e incluso le escribían cartas. El escritor y amigo de Mario, Juan José Hoyos, a quien llamaba cariñosamente Juanito, escribió luego de su muerte: “en los talleres, era muy estricto. Algunos estudiantes forcejeaban con él, se oponían a sus normas y a sus métodos, pero casi todos acababan queriéndolo”.

Tal vez la persona más cercana a Mario fue su amigo y escritor Luis Fernando Macías. Se conocieron el día en que los dos lanzaron su primer libro. A partir de ahí, según cuenta Luis Fernando, “la vida misma los hizo hermanos”. Discutían de las formas del lenguaje. Mario era terco cuando se trataba de narrativa y defendía sus ideas a ultranza. No obstante, cuando le demostraban que estaba equivocado, reconocía su error. Esa dualidad entre lo riguroso y lo suave, es quizá uno de los rasgos que más destaca Luis Fernando: la vida de Mario trasegaba en los opuestos; en la violencia y en la ternura. Tenía una idea personal del mundo; radical en sus concepciones pero con una capacidad para percibir las cosas más allá. Creía en la reencarnación y se cuestionaba sobre la existencia. Odiaba la fama. Sus amigos lo recuerdan como un viejo cálido, afectuoso y de una lealtad admirable. A ellos les regalaba estilógrafos con tintas de todos los colores que él coleccionaba.

El amigo hijo

Héctor Escobar, el primer varón que tuvo Mario, no recuerda que su padre le haya dicho hijo en más de una ocasión. La razón: la de ellos era una relación más de amistad que familiar. Por eso, hasta en las dedicatorias de sus libros, siempre lo llamó amigohijo. Sentado en el comedor de su casa, Héctor habla sobre su padre y cuenta la afición por la música. Recuerda que le gustaba grabar cientos de casetes con canciones de su preferencia. Los marcaba con el nombre de Mescolanzas y le ponía a cada uno un número consecutivo. En ellos podía grabar baladas, luego óperas y pasar a boleros. En medio de la charla, la esposa de Héctor encuentra un casete de su suegro. El escogido es Mescolanzas # 90. Suena un tango. En la biblioteca de su casa, Héctor guarda los originales de las novelas que Mario le regalaba cada vez que terminaba. Su padre ponía una copia con papel carbón cada que se sentaba a escribir, y cuando finalizaba le entregaba los originales a su hijo. En ellos, que conserva empastados y marcados, se ven anotaciones que Mario hacía al respaldo de las hojas. En medio de la música – ahora una balada – Héctor recuerda esas tardes en que salía con su padre de casería. Era un admirador de las armas. Tenía escopetas, pistolas y un revólver calibre 38 que conservaba desde los 18 años. Aunque con el tiempo se arrepintió de esta práctica, y en una entrevista dijo que desde hacía varios años estaba “bregando a resarcir la culpa de haber muerto tantos animales”, en su tiempo era un tirador de una puntería infalible. Héctor señala una pared de su casa donde cuelga la cornamenta de un venado que cazó su padre. Además de armas, Mario coleccionaba agendas. Tuvo casi 50 en donde plasmaba pensamientos, tomaba notas o empezaba sus novelas. En ellas pegaba recortes de periódicos de la época. Héctor muestra una página en la que hay párrafos escritos con estilógrafo, con una caligrafía cursiva hermosa. En la parte inferior hay pegado una calcomanía de un elefante que sostiene en su trompa una sombrilla rosada. También hay una tortuga. Mario adornaba sus agendas con figuras de animales o con recortes de mujeres, desnudas por lo general. Era un amante de ellas, pero ante todo, de la belleza. “A mi lo bello me duele”, le dijo una vez a su amigo Luis Fernando. Era capaz de llorar con un cuadro o con una canción. “La belleza es algo fuera de serie que sabe conmover en lo mejor que uno tiene, que es el espíritu”

Un abuelo maestro

Quienes estuvieron cerca de Mario saben que los últimos dos años tuvo una preocupación; no tenía material para escribir y su rostro se veía entristecido. Julia Escobar, hija de Héctor, fue la nieta con la que llevó una relación más allá de abuelo. Estuvo en talleres con él y le incentivó el amor por la literatura. De él, además de sus enseñanzas, guarda una máquina de escribir Olivetti 82. Su abuelo fue, antes que nada, su maestro. “Siempre me decía: uno siempre escribe de lo que vive”. De ahí su literatura realista. Ella lo define como un amante de la naturaleza, solitario, sincero, cariñoso y callado. El pasado lunes 16 de abril Mario guardó silencio para siempre. A los 78 años, fue víctima de un cáncer que le descubrieron dos meses atrás. La muerte le llegó de repente. Alguien dijo una vez que la única forma en que una persona muere realmente es cuando es olvidado por el último ser humano. Ahora, cuando su nieta Julia lee sus libros, se encuentra otra vez con su abuelo contándole historias. Mario Escobar puede estar seguro de que estará vivo en sus obras por años, y quizá, por siglos. Las cenizas de su cuerpo reposan junto a las semillas de un guayacán amarillo que sus hijos sembraron en la finca de su padre, en el valle de Sajonia. La esperanza de Héctor es que esa reencarnación de la que su padre tanto habló en sus libros, resurja en las flores de ese guayacán, y sus hojas crezcan como su obra, hasta que el follaje cubra de amarillo la tierra de su finca.

Publicado en el periódico La Hoja Abril de 2007

domingo, 6 de abril de 2008

La última faena del "Pilarico"


Para Álvaro Múnera, el error más grande que cometió su padre fue llevarlo a presenciar una corrida en la plaza La Macarena. Tenía cuatro años y ese fue su primer encuentro con los toros; ese animal que le dio momentos de gloria en el ruedo, pero que una tarde lo dejó lisiado y hoy lo tiene en una silla sin poder caminar.

Como si sólo hubieran pasado unos días, Álvaro recuerda con nitidez esa tarde cuando un toro lo embistió por la pierna izquierda y lo envió por los aires. Con tan sólo 17 años, la carrera de este joven torero quedó tendida para siempre en la arena de una plaza que lleva como nombre su apellido.

Hoy en día, con 38 años de edad, Álvaro se considera una persona rehabilitada tanto física como moralmente. Se define como un pacifista, enamorado de la vida y de la no violencia en todas sus formas. El accidente de su juventud no fue un impedimento para seguir adelante, para graduarse en teología, manejar su carro, tener una familia, y ocupar, por dos veces consecutivas, una curul en el Consejo de Medellín.

Actualmente es secretario de Asuntos sociales y empresariales del Directorio Conservador, aunque dice no saber de los postulados que rezan en la doctrina de este partido. Su meta allí es cambiar la forma de hacer política, con alternativas y soluciones reales basadas en programas grandes.

Cuando habla no deja de mover las manos y se refriega los ojos con repetición. Aunque no se puede levantar de su silla, el tamaño de sus piernas recogidas revela una estatura de algo más de un metro con 80. En sus manos lleva unos guantes de cuerpo que no le cubren la totalidad de los dedos, para no maltratarse con las ruedas de la silla. Es delgado, lleva el pelo corto, castaño y bien peluqueado. Sin duda tiene porte de torero. No es difícil imaginárselo con un traje de luces, brillando en el centro del ruedo, ovacionado por el público.

Sin embargo, cuando recuerda esos momentos de matador, dice sentir asco y vergüenza de sí mismo, y en cierto modo agradece lo que le pasó.

"El Pilarico”

Después de su primer encuentro con los toros, Múnera continuó yendo con su padre a todas las corridas y ferias. Se convirtió en un aficionado taurino. Empezó la primaria en el colegio de la U.P.B. y a los 12 años inició la carrera de torero paralela a sus estudios. Le fue bien como novillero, luego como becerrista y en 1983 ya estaba dando ‘pases’ y ‘lances’ en las ferias más importantes de Colombia.


En 1984 obtuvo su primera gloria con el trofeo de la Feria de La Candelaria. Esto le sirvió para que Tomás Redondo, un "capo" de la tauromaquia, se apoderara de él y lo llevara a España a lucirse en la meca de la fiesta brava. Allá toreó en 22 oportunidades hasta que el 22 de septiembre, en la provincia de Albacete, en la plaza de Múnera, el primer toro de nombre Terciopelo lo levantó dos veces.


En la segunda caída, Álvaro sintió un corrientazo frío. Se partió la quinta vértebra cervical y tuvo trauma cráneoencefálico. “Solamente escuchaba, no podía ver ni mover nada. No sentía el cuerpo por ningún lado, sólo oía”, recuerda Múnera. El pronóstico en el hospital de Albacete fue lesión medular completa.


Ese día ‘El Pilarico’, apodo que recibió por vivir en el sector de la Pilarica, un barrio de Medellín ubicado tras del cerro El Volador, terminó su carrera y se apagaron en la arena las luces de su traje brillante. Luego de varias intervenciones en España, fue trasladado a Estados Unidos donde lo operaron para fijar las vértebras fracturadas. Pero la lesión ya estaba y no volvería a caminar.


Aunque por años su sueño fue convertirse en un torero reconocido, hoy acepta que sólo lo hizo por influencia de su padre y por continuar con una tradición familiar de amor a los toros. De las corridas sólo recuerda las salidas por la puerta grande y la jovencita que lo esperaba en la puerta del hotel, para tener amores fugaces con el protagonista de la tarde.


El ‘delincuente’


Álvaro empezó todo un proceso de recuperación en Estados Unidos. Allá recobró la movilidad en los brazos, aprendió a manejar, a bañarse y a vestirse solo. Estudió inglés y teología en el Miami Community College. Fueron cuatro años en los que aprendió a valerse por sí mismo. Sin embargo, pese a ese resurgir en su vida, Álvaro habla con desazón de esa época como un periodo en el que se sintió como un delincuente.


La experiencia más dramática la vivió una noche en que una compañera del hospital lo invitó a su casa a cenar, para que su familia lo conociera. Cuando le presentaron a una de las tías, la señora se quedó mirándolo y le dijo sin titubear: “no sabe cuánto me alegro de que usted esté en silla de ruedas y que ojalá nunca se levante de ahí. Usted es un bárbaro, un asesino, un criminal y un torturador”.


Con el aplomo que lo caracteriza, Álvaro se puso a reflexionar antes de ponerse a pelear. Al ver que la posición frente a la tauromaquia era generalizada en ese país, se dio cuenta del error que cometió y encontró que “era imposible defender lo indefendible”, admite.


Por esas paradojas de la vida, hoy en día Álvaro es un defensor de los derechos de los animales a ultranza. Según él, con el accidente murió el Pilarico y nació otro Álvaro Múnera. Lejos de maldecir y renegar por su lesión, Álvaro la ve como “una oportunidad para reparar todo el mal que hizo”, dice. Y aunque pueda sonar masoquista, esa posición obedece a una consigna que Múnera profesa con convicción: “no hacer al otro lo que no quiere que le hagan a uno”. Por eso a su esposa, Bibiana Giraldo, tampoco le gusta recordar esa época y prefiere no indagar sobre esa vida pasada.


El concejal


Quizá por esa actitud altruista, Álvaro trabajó en el Consejo de Medellín con políticas a favor de quienes sufrían alguna inhabilidad. En sus dos periodos, desde 1998 hasta el 2003, logró la adecuación de las zonas del Metro para discapacitados, los buses especiales para personas con inhabilidad, los semáforos sonoros para ciegos y los incentivos tributarios para empresas que empleen personas con discapacidad.


También adelantó proyectos para prohibir el sacrificio de animales en vía pública, la creación del albergue para animales abandonados de la Aurora, y presentó un proyecto en la Asamblea Departamental para eliminar la pica, las banderillas y la espada de las corridas de toros, y dejar sólo el toreo de capa y muleta. Éste último no prosperó.


Aunque dice ser el creyente más ‘antireligioso’ de todos, su trabajo por los demás hace pensar en un pastor de iglesia. Quienes lo conocen dicen que más que político, es una persona entregada a trabajar por la gente y la comunidad.


Sin embargo, su trabajo no le ha impedido compartir con su familia. En la oficina se queda hasta el mediodía y dedica las tardes para jugar con su hija de tres años. Los sábados le gusta salir de la ciudad y los domingos los reserva para ver deportes. Su preferido es el fútbol. Es un amante del Internet y disfruta de la compañía de sus cuatro perros que recogió en la calle.


Tal vez esa sensibilidad y el amor por la vida fueron lo que enamoró a Bibiana hace 14 años y a casarse hace nueve. Según ella, todavía se quieren como el primer día. Define su relación como la de un “par de compinches” y a él como “el hombre ideal”. Hoy Álvaro reconoce que fue taurino por inconsciencia. Aunque su padre, quien lo llevó esa primera vez a toros, sigue férreo en su afición, Múnera lleva una relación fraterna con toda su familia y prefiere no tocar el tema taurino con su papá para no atormentarse.


Cuando le preguntan por qué no se opera como el senador Jairo Clopatofsky, quien se implantó células madres para volver a caminar, Álvaro contesta que en la silla de ruedas hace todo lo que quiere. Ahora sólo espera abrir otro albergue de animales en Belén Bellavista, crear un movimiento por la defensa de los animales y seguir aprovechando la segunda oportunidad que le dio la vida y que considera “su mayor logro”.

martes, 1 de abril de 2008

Los 60 del Colombo

Por Nicolás Martínez

El Colombo Americano llegó a su aniversario número 60, y en lugar de sentir el trastorno de los años, pareciera que al igual que los buenos vinos, mejorara con el tiempo. Lo que nació como un resultado de los programas de intercambio cultural entre Colombia y Estados Unidos, en plena Segunda Guerra Mundial, hoy es un corazón palpitante de la vida cultural de Medellín.
El 10 de enero de 1947, un grupo de cinco estadounidenses y dos antioqueños firmaron los estatutos del Colombo, que darían inicio a toda una institución que empezó en una pequeña casa de dos pisos, y hoy cuenta con todo un edificio de 10 niveles, dos salas de cine, una galería de arte, un café y la biblioteca multilingüe más completa de la ciudad.
El historiador Rodrigo García Estrada, coautor del libro Legado de una amistad, publicado con motivo de las bodas de diamante del Colombo, reseñó en un texto los albores de este centro no sólo como instituto de enseñanza de inglés, sino como una especie de club social. Allí se congregaban los sectores de clase media y alta de Medellín a ver películas norteamericanas, a bailar, o a celebrar las fiestas propias de la cultura gringa como el Día de Acción de Gracias. Otros, simplemente, acudían `para leer a Shakespeare, Mark Twain o Hemingway en su idioma original.
También fungía como consulado y ayudó a diferentes personas interesadas en estudios de posgrado en universidades norteamericanas. La primera sede del Colombo tuvo lugar en la calle Colombia con carrera 43 y en su primer año alcanzó a tener en sus aulas a 450 estudiantes.
Aunque desde sus inicios el Colombo tuvo una proyección cultural, todos sus empleados reconocen la labor del fallecido director Paul Bardwell, como el principal gestor de los programas culturales y sociales que hoy en día ofrece el Colombo. Por eso, en su memoria la galería de arte lleva su nombre.
Pero hablar de la historia de esta institución es hablar de la historia del país. El Colombo también fue víctima de la violencia de azotó a Colombia en la década de los 80. Lai Yin Shen, actual directora de la Biblioteca y Proyectos Especiales, todavía recuerda esa noche del 14 de abril de 1988. Por esa época era profesora de inglés y los estudiantes estaban presentando los exámenes finales. A eso de las siete y media de la noche, seis individuos de las milicias urbanas del EPL entraron encapuchados y armados al Colombo. Traían una tula negra que dejaron en la plazoleta central.
Lai Yin aún tiene grabada la imagen de uno de ellos, con una pistola plateada brillante. Ella se escondió por unos minutos en una de las oficinas del segundo piso, hasta que dieron la orden de desalojar el lugar bajo la amenaza de una bomba. Al salir se encontró con su esposo y se alejaron una cuadra de allí. Al cabo de unos minutos oyó una explosión.
En las paredes de afuera se leían letreros pintados con frases como “Fuera gringos de Latinoamérica”.
Aunque no hubo víctimas por el atentado, Lai Yin describe de manera peculiar la impresión que tuvo al regresar al día siguiente: “parecía una zona de guerra. Me sentía en el Líbano”. El lugar más perjudicado con la explosión fue la biblioteca: de los 8000 libros, sólo se recuperaron alrededor de 1500, sin contar los videos y casetes que desaparecieron entre los estragos.
El periódico El Mundo de esa época tituló: "Contra la Cultura".
Ante la adversidad, todos los empleados trabajaron juntos para abrir nuevamente el Colombo. Unos limpiaron cada una de las hojas de los libros que sobrevivieron, y algunos donaron parte de su sueldo. Al año siguiente, el Centro abrió sus puertas nuevamente con la inauguración de la primera sala de cine.
Pero el Además, el suceso de la bomba no sería el único que exigigiría la solidaridad de los empleados del Colombo. Lai Yin cuenta cómo fueron los años posteriores a la inauguración del edificio de diez pisos. En ese entonces la Institución ya trabajaba con recursos propios pues hasta 1983 el Colombo era financiado por la embajada norteamericana. Por eso organizaron rifas, vendieron empanadas y galletas, y hasta tuvieron que escatimar en el jabón y las toallas de los baños para ahorrar. En la plazoleta, tenían una especie de termómetro que medía la cantidad de dinero recaudado. En 1999, el Colombo terminó sus obras. De las tres habitaciones, pasaron a todo un edificio con una terraza en donde funciona el Café Colombo, desde donde se divisa gran parte de Medellín.
Hoy el Colombo es otro. De instituto de enseñanza de inglés, pasó a galería de arte, salas de cine, conciertos y conferencias. Cada mes ofrece ciclos de cine de distintos países o diversas temáticas. Hay exposiciones permanentes de artistas locales y enseña inglés no sólo a profesores de colegios públicos, sino que tiene programas con comunidades en el Chocó. Así la familia Colombo suma 108 profesores, cinco mil estudiantes y 66 mil ejemplares en la biblioteca.
El actual director del Colombo, Michael Cooper, asegura que el de Medellín es el Centro completo de Latinoamérica. Según él, aún no se conocen todos los programas que realiza la institución, e incluso él sabía del cine y la galería, pero no tenía idea de los proyectos con desplazados y discapacitados. Tampoco de unas becas llamadas Martin Luther King, destinada a la población afro-colombiana.
En definitiva, un Colombo que es todo un epicentro multicultural y social. Definitivamente, como el vino.