Viaje adentro de los hostales para extranjeros. Son seis en la ciudad, donde se alojan las diversas culturas de quienes salen con un morral al hombro a recorrer el mundo.
Luego de haber viajado durante casi 15 meses, Shu Xuan admite estar agotado. Acostado en una hamaca que cuelga del techo de un balcón, cuenta la historia de su viaje que inició en la India en abril del año pasado. Después de ahorrar durante seis meses, un día decidió empacar un morral y salir a recorrer el mundo solo.
Él es un ingeniero electrónico chino de 29 años, residente en Canadá. Lleva el cabello alborotado, los ojos ligeramente rasgados, y viste una pantaloneta, camiseta y sandalias. En el piso hay un vaso con jugo de naranja, del que bebe sorbos pequeños y constantes. Quizá por el cansancio o porque la noche anterior hubo una fiesta que duró hasta el amanecer, Xuan cuenta con desgano, y como si fuera algo habitual, que durante este tiempo conoció 25 países y que ha gastado algo más de 25 mil dólares en su travesía.
A Colombia llegó en febrero de este año y es su último país. Aunque ya tiene ganas de irse, le falta conocer otras ciudades. Por eso repasa un libro con los principales sitios turísticos y sabe que su estadía en Medellín es cosa de una semana.
A pocos pasos de allí, en el interior de la casa, un par de alemanes y un francés miran televisión arrellanados en un sofá grande de cuero. En el piso de abajo, un inglés fuma un cigarrillo al pie de un asador y una pareja de israelíes come arroz chino en un comedor de doce puestos.
Todos ellos se cuentan entre los más 20 inquilinos que por ahora se hospedan en Black Sheep, una casa de dos pisos, que diariamente le abre las puertas a personas provenientes de diferentes países, que así como Xuan, están recorriendo el mundo con un morral sobre su espalda.
Australianos, alemanes, israelíes o sudafricanos, son algunas de las nacionalidades que desfilan por este tipo de lugares, conocidos como hostales para mochileros, y que en Medellín ya son cuatro las casas que prestan este servicio. Además, existen dos lugares exclusivamente para judíos.
En el caso de Black Sheep, tiene capacidad para 30 personas que se quedan en camarotes y comparten habitación con desconocidos. En la entrada del lugar hay una bandera de Nueva Zelanda, en honor al país de origen del dueño del hostal, y una de Colombia extendidas en la pared. En la sala de recepción hay información con los principales sitios de Medellín y en un tablero de acrílico, anotan el nombre de los huéspedes.
Según Kelvin Leeming, dueño de Black Sheep, la casa nunca ha estado vacía. Hace un año, el día de su cumpleaños, Kelvin abrió la casa y desde el primer momento llegaron personas. Todavía recuerda a sus primeros huéspedes. “Eran un alemán y dos de Suecia. Todavía no había camas y les tocó dormir en hamacas”, cuenta Kelvin en un español recién aprendido. En su camisa lleva estampado el dibujo de una oveja con un texto que dice: tengo la oveja negra.
-¿por qué le p.uso Black Sheep?
-Yo quería una figura y un nombre en inglés. En mi país hay muchas ovejas y por eso le puse el nombre.
Kelvin es oriundo de Nueva Zelanda y la idea de montar un hostal nació de su propia experiencia. A lo largo de sus 32 años calcula que ha dormido en más de 200 hostales, en los 50 países que ha visitado. Por esta razón, mientras estudiaba español en Eafit, vio que en Medellín había un hueco en el mercado de los hostales y así nació la “Oveja Negra”
El negocio de los hostales para extranjeros, según cuentan los mismos dueños, es un mercado nuevo en Medellín. Según ellos el turismo apenas se está promoviendo en la ciudad y eso es un atractivo para los visitantes. No obstante, hay una casa ubicada por el sector de Suramericana que ya lleva un buen tiempo acogiendo a los foráneos.
Desde hace cinco años, un par de argentinos se dieron cuenta de que la ciudad no contaba con un espacio para los viajeros de paso. Fue así como montaron Palm Tree, el hostal de mochileros más antiguo en la ciudad. Allí la capacidad es para 28 personas y la tarifa del cuarto incluye desayuno. En una pared al lado del comedor, hay un collage con fotos de los visitantes que se han quedado en el hostal. También hay juegos de mesa y un bar con diferentes tragos que venden a los huéspedes.
Los otros dos hostales en Medellín, Casa Kiwi y Hostal Provenza, están ubicados en el Poblado, aunque este último trabaja más con empresarios que con mochileros. La mayoría de estas casas funcionan de la misma manera que un hotel. Cada vez que un extranjero llega, presenta el pasaporte y registra el país de origen, la ciudad de donde viene y, en algunos, el próximo destino. Los hostales están inscritos en las páginas de turismo de Medellín o en LonelyPlanet.com, que según los propios viajeros, es la guía clave a la hora de recorrer el mundo. Las puertas están abiertas las 24 horas del día.
En cuanto a las tarifas, cada hostal maneja sus propios precios pero oscilan en un promedio de 15 mil pesos la cama. Algunos prestan servicio de Internet gratuito, y todos cobran por el uso de lavadora y el consumo de bebidas.
“La idea de los hostales es que los huéspedes se sientan como en su casa. Aquí la convivencia se basa en la confianza. El que quiera una cerveza o necesite Internet lo usa y anota en una lista. Al final ellos pasan el reporte de lo que consumen”, dice Kelvin, de Black Sheep. En aras de ofrecer un ambiente hogareño, las casas tienen la cocina disponible para que los huéspedes preparen su comida. La mayoría prefieren menús de fácil preparación y la alimentación es muy similar en todas las personas. En los platos es común ver variedad de vegetales, pan francés y espaguetis.
Una de las características más interesantes que ha notado Ana María Giraldo, quien administra hace un año Casa Kiwi, es que en este trabajo ha conocido distintas culturas y ya ha aprendido a identificar rasgos propios en la comida. “Los mejores para cocinar son los franceses. La cultura más marcada son los judíos; son muy dominantes y machistas”, dice Ana María.
Pese a que estos lugares acogen a personas de distintas partes del mundo y con diferentes costumbres, al parecer los mochileros tienen una cultura en común. La mayoría comparten la misma pinta que Xuan: camiseta, pantaloneta y sandalias.
Casi todos son jóvenes que trabajan durante una época, ahorran dinero y salen a recorrer el mundo. Por lo general viajan en bus. Aunque hay quienes viajan con más equipaje que otros, hay utensilios que no pueden faltar en el morral de un mochilero. Como si fuera un libro sagrado, todos los viajeros guardan “debajo del brazo” una guía con las rutas y los sitios de interés de los países que visitan. También empacan ropa para los diferentes tipos de clima y medicinas básicas para cualquier enfermedad pasajera.
También hay casos como el de Antonio Martínez, un español residente en Holanda, para quien antes que nada, en su morral no puede faltar una botella de aceite de oliva y dos parlantes que conecta a su discman. La presencia de los extranjeros en cada ciudad es tan efímera, como las amistades que crean durante el viaje. La mayoría de ellos viajan solos y no duran más de una semana en una misma ciudad. Casi todos saben inglés y la mayoría son hombres.
Antonio es quizá quien menos ha durado en una ciudad. Fue en Ciudad del Carmen, en México. “Me bajé del bus a comer, no me gustó y me fui para otro lugar”. En cuanto a Colombia: “Aquí la gente vive de fiesta, salen a disfrutar la vida y se come demasiado. Este país es muy bacano”, dice Antonio y en sus palabras se nota una evidente influencia local.
La ruta de viaje es algo que deciden en el camino. Justin Farrell, un australiano de 25 años, es uno de los que cree que es mejor recorrer el mundo sin planes. Él, por ejemplo, no pensaba venir a Colombia porque creía que lo iban a secuestrar. Ahora no se quiere ir. “Cuando estuve en el parque Tayrona me sentía en las vacaciones de las vacaciones. Me encanta la cultura de baile y la gente colombiana”, cuenta practicando español. En la mayoría de los casos, Colombia no estaba dentro de sus planes de viaje.
Y ante la pregunta sobre qué pensaban ellos de Colombia antes de venir, sin duda la imagen en el exterior no ha cambiado: todos hablan de droga, terrorismo y violencia. No obstante, y lejos de cualquier interés nacionalista, después de pisar tierra colombiana la percepción cambia. Incluso, hay quienes como Sarah Lawsom, encontraron en este país un lugar para vivir. En cuanto a Medellín, el atractivo no tiene discusión: aquí los extranjeros quedan fascinados con el clima y las mujeres.
A Colombia llegó en febrero de este año y es su último país. Aunque ya tiene ganas de irse, le falta conocer otras ciudades. Por eso repasa un libro con los principales sitios turísticos y sabe que su estadía en Medellín es cosa de una semana.
A pocos pasos de allí, en el interior de la casa, un par de alemanes y un francés miran televisión arrellanados en un sofá grande de cuero. En el piso de abajo, un inglés fuma un cigarrillo al pie de un asador y una pareja de israelíes come arroz chino en un comedor de doce puestos.
Todos ellos se cuentan entre los más 20 inquilinos que por ahora se hospedan en Black Sheep, una casa de dos pisos, que diariamente le abre las puertas a personas provenientes de diferentes países, que así como Xuan, están recorriendo el mundo con un morral sobre su espalda.
Australianos, alemanes, israelíes o sudafricanos, son algunas de las nacionalidades que desfilan por este tipo de lugares, conocidos como hostales para mochileros, y que en Medellín ya son cuatro las casas que prestan este servicio. Además, existen dos lugares exclusivamente para judíos.
En el caso de Black Sheep, tiene capacidad para 30 personas que se quedan en camarotes y comparten habitación con desconocidos. En la entrada del lugar hay una bandera de Nueva Zelanda, en honor al país de origen del dueño del hostal, y una de Colombia extendidas en la pared. En la sala de recepción hay información con los principales sitios de Medellín y en un tablero de acrílico, anotan el nombre de los huéspedes.
Según Kelvin Leeming, dueño de Black Sheep, la casa nunca ha estado vacía. Hace un año, el día de su cumpleaños, Kelvin abrió la casa y desde el primer momento llegaron personas. Todavía recuerda a sus primeros huéspedes. “Eran un alemán y dos de Suecia. Todavía no había camas y les tocó dormir en hamacas”, cuenta Kelvin en un español recién aprendido. En su camisa lleva estampado el dibujo de una oveja con un texto que dice: tengo la oveja negra.
-¿por qué le p.uso Black Sheep?
-Yo quería una figura y un nombre en inglés. En mi país hay muchas ovejas y por eso le puse el nombre.
Kelvin es oriundo de Nueva Zelanda y la idea de montar un hostal nació de su propia experiencia. A lo largo de sus 32 años calcula que ha dormido en más de 200 hostales, en los 50 países que ha visitado. Por esta razón, mientras estudiaba español en Eafit, vio que en Medellín había un hueco en el mercado de los hostales y así nació la “Oveja Negra”
El negocio de los hostales para extranjeros, según cuentan los mismos dueños, es un mercado nuevo en Medellín. Según ellos el turismo apenas se está promoviendo en la ciudad y eso es un atractivo para los visitantes. No obstante, hay una casa ubicada por el sector de Suramericana que ya lleva un buen tiempo acogiendo a los foráneos.
Desde hace cinco años, un par de argentinos se dieron cuenta de que la ciudad no contaba con un espacio para los viajeros de paso. Fue así como montaron Palm Tree, el hostal de mochileros más antiguo en la ciudad. Allí la capacidad es para 28 personas y la tarifa del cuarto incluye desayuno. En una pared al lado del comedor, hay un collage con fotos de los visitantes que se han quedado en el hostal. También hay juegos de mesa y un bar con diferentes tragos que venden a los huéspedes.
Los otros dos hostales en Medellín, Casa Kiwi y Hostal Provenza, están ubicados en el Poblado, aunque este último trabaja más con empresarios que con mochileros. La mayoría de estas casas funcionan de la misma manera que un hotel. Cada vez que un extranjero llega, presenta el pasaporte y registra el país de origen, la ciudad de donde viene y, en algunos, el próximo destino. Los hostales están inscritos en las páginas de turismo de Medellín o en LonelyPlanet.com, que según los propios viajeros, es la guía clave a la hora de recorrer el mundo. Las puertas están abiertas las 24 horas del día.
En cuanto a las tarifas, cada hostal maneja sus propios precios pero oscilan en un promedio de 15 mil pesos la cama. Algunos prestan servicio de Internet gratuito, y todos cobran por el uso de lavadora y el consumo de bebidas.
“La idea de los hostales es que los huéspedes se sientan como en su casa. Aquí la convivencia se basa en la confianza. El que quiera una cerveza o necesite Internet lo usa y anota en una lista. Al final ellos pasan el reporte de lo que consumen”, dice Kelvin, de Black Sheep. En aras de ofrecer un ambiente hogareño, las casas tienen la cocina disponible para que los huéspedes preparen su comida. La mayoría prefieren menús de fácil preparación y la alimentación es muy similar en todas las personas. En los platos es común ver variedad de vegetales, pan francés y espaguetis.
Una de las características más interesantes que ha notado Ana María Giraldo, quien administra hace un año Casa Kiwi, es que en este trabajo ha conocido distintas culturas y ya ha aprendido a identificar rasgos propios en la comida. “Los mejores para cocinar son los franceses. La cultura más marcada son los judíos; son muy dominantes y machistas”, dice Ana María.
Pese a que estos lugares acogen a personas de distintas partes del mundo y con diferentes costumbres, al parecer los mochileros tienen una cultura en común. La mayoría comparten la misma pinta que Xuan: camiseta, pantaloneta y sandalias.
Casi todos son jóvenes que trabajan durante una época, ahorran dinero y salen a recorrer el mundo. Por lo general viajan en bus. Aunque hay quienes viajan con más equipaje que otros, hay utensilios que no pueden faltar en el morral de un mochilero. Como si fuera un libro sagrado, todos los viajeros guardan “debajo del brazo” una guía con las rutas y los sitios de interés de los países que visitan. También empacan ropa para los diferentes tipos de clima y medicinas básicas para cualquier enfermedad pasajera.
También hay casos como el de Antonio Martínez, un español residente en Holanda, para quien antes que nada, en su morral no puede faltar una botella de aceite de oliva y dos parlantes que conecta a su discman. La presencia de los extranjeros en cada ciudad es tan efímera, como las amistades que crean durante el viaje. La mayoría de ellos viajan solos y no duran más de una semana en una misma ciudad. Casi todos saben inglés y la mayoría son hombres.
Antonio es quizá quien menos ha durado en una ciudad. Fue en Ciudad del Carmen, en México. “Me bajé del bus a comer, no me gustó y me fui para otro lugar”. En cuanto a Colombia: “Aquí la gente vive de fiesta, salen a disfrutar la vida y se come demasiado. Este país es muy bacano”, dice Antonio y en sus palabras se nota una evidente influencia local.
La ruta de viaje es algo que deciden en el camino. Justin Farrell, un australiano de 25 años, es uno de los que cree que es mejor recorrer el mundo sin planes. Él, por ejemplo, no pensaba venir a Colombia porque creía que lo iban a secuestrar. Ahora no se quiere ir. “Cuando estuve en el parque Tayrona me sentía en las vacaciones de las vacaciones. Me encanta la cultura de baile y la gente colombiana”, cuenta practicando español. En la mayoría de los casos, Colombia no estaba dentro de sus planes de viaje.
Y ante la pregunta sobre qué pensaban ellos de Colombia antes de venir, sin duda la imagen en el exterior no ha cambiado: todos hablan de droga, terrorismo y violencia. No obstante, y lejos de cualquier interés nacionalista, después de pisar tierra colombiana la percepción cambia. Incluso, hay quienes como Sarah Lawsom, encontraron en este país un lugar para vivir. En cuanto a Medellín, el atractivo no tiene discusión: aquí los extranjeros quedan fascinados con el clima y las mujeres.
Publicado en La Hoja de Medellín
Septiembre de 2006

