
Para Álvaro Múnera, el error más grande que cometió su padre fue llevarlo a presenciar una corrida en la plaza La Macarena. Tenía cuatro años y ese fue su primer encuentro con los toros; ese animal que le dio momentos de gloria en el ruedo, pero que una tarde lo dejó lisiado y hoy lo tiene en una silla sin poder caminar.
Como si sólo hubieran pasado unos días, Álvaro recuerda con nitidez esa tarde cuando un toro lo embistió por la pierna izquierda y lo envió por los aires. Con tan sólo 17 años, la carrera de este joven torero quedó tendida para siempre en la arena de una plaza que lleva como nombre su apellido.
Hoy en día, con 38 años de edad, Álvaro se considera una persona rehabilitada tanto física como moralmente. Se define como un pacifista, enamorado de la vida y de la no violencia en todas sus formas. El accidente de su juventud no fue un impedimento para seguir adelante, para graduarse en teología, manejar su carro, tener una familia, y ocupar, por dos veces consecutivas, una curul en el Consejo de Medellín.
Actualmente es secretario de Asuntos sociales y empresariales del Directorio Conservador, aunque dice no saber de los postulados que rezan en la doctrina de este partido. Su meta allí es cambiar la forma de hacer política, con alternativas y soluciones reales basadas en programas grandes.
Cuando habla no deja de mover las manos y se refriega los ojos con repetición. Aunque no se puede levantar de su silla, el tamaño de sus piernas recogidas revela una estatura de algo más de un metro con 80. En sus manos lleva unos guantes de cuerpo que no le cubren la totalidad de los dedos, para no maltratarse con las ruedas de la silla. Es delgado, lleva el pelo corto, castaño y bien peluqueado. Sin duda tiene porte de torero. No es difícil imaginárselo con un traje de luces, brillando en el centro del ruedo, ovacionado por el público.
Sin embargo, cuando recuerda esos momentos de matador, dice sentir asco y vergüenza de sí mismo, y en cierto modo agradece lo que le pasó.
"El Pilarico”
Después de su primer encuentro con los toros, Múnera continuó yendo con su padre a todas las corridas y ferias. Se convirtió en un aficionado taurino. Empezó la primaria en el colegio de la U.P.B. y a los 12 años inició la carrera de torero paralela a sus estudios. Le fue bien como novillero, luego como becerrista y en 1983 ya estaba dando ‘pases’ y ‘lances’ en las ferias más importantes de Colombia.
En 1984 obtuvo su primera gloria con el trofeo de la Feria de La Candelaria. Esto le sirvió para que Tomás Redondo, un "capo" de la tauromaquia, se apoderara de él y lo llevara a España a lucirse en la meca de la fiesta brava. Allá toreó en 22 oportunidades hasta que el 22 de septiembre, en la provincia de Albacete, en la plaza de Múnera, el primer toro de nombre Terciopelo lo levantó dos veces.
En la segunda caída, Álvaro sintió un corrientazo frío. Se partió la quinta vértebra cervical y tuvo trauma cráneoencefálico. “Solamente escuchaba, no podía ver ni mover nada. No sentía el cuerpo por ningún lado, sólo oía”, recuerda Múnera. El pronóstico en el hospital de Albacete fue lesión medular completa.
Ese día ‘El Pilarico’, apodo que recibió por vivir en el sector de la Pilarica, un barrio de Medellín ubicado tras del cerro El Volador, terminó su carrera y se apagaron en la arena las luces de su traje brillante. Luego de varias intervenciones en España, fue trasladado a Estados Unidos donde lo operaron para fijar las vértebras fracturadas. Pero la lesión ya estaba y no volvería a caminar.
El ‘delincuente’
La experiencia más dramática la vivió una noche en que una compañera del hospital lo invitó a su casa a cenar, para que su familia lo conociera. Cuando le presentaron a una de las tías, la señora se quedó mirándolo y le dijo sin titubear: “no sabe cuánto me alegro de que usted esté en silla de ruedas y que ojalá nunca se levante de ahí. Usted es un bárbaro, un asesino, un criminal y un torturador”.
Con el aplomo que lo caracteriza, Álvaro se puso a reflexionar antes de ponerse a pelear. Al ver que la posición frente a la tauromaquia era generalizada en ese país, se dio cuenta del error que cometió y encontró que “era imposible defender lo indefendible”, admite.
Por esas paradojas de la vida, hoy en día Álvaro es un defensor de los derechos de los animales a ultranza. Según él, con el accidente murió el Pilarico y nació otro Álvaro Múnera. Lejos de maldecir y renegar por su lesión, Álvaro la ve como “una oportunidad para reparar todo el mal que hizo”, dice. Y aunque pueda sonar masoquista, esa posición obedece a una consigna que Múnera profesa con convicción: “no hacer al otro lo que no quiere que le hagan a uno”. Por eso a su esposa, Bibiana Giraldo, tampoco le gusta recordar esa época y prefiere no indagar sobre esa vida pasada.
El concejal
Quizá por esa actitud altruista, Álvaro trabajó en el Consejo de Medellín con políticas a favor de quienes sufrían alguna inhabilidad. En sus dos periodos, desde 1998 hasta el 2003, logró la adecuación de las zonas del Metro para discapacitados, los buses especiales para personas con inhabilidad, los semáforos sonoros para ciegos y los incentivos tributarios para empresas que empleen personas con discapacidad.
También adelantó proyectos para prohibir el sacrificio de animales en vía pública, la creación del albergue para animales abandonados de la Aurora, y presentó un proyecto en la Asamblea Departamental para eliminar la pica, las banderillas y la espada de las corridas de toros, y dejar sólo el toreo de capa y muleta. Éste último no prosperó.
Aunque dice ser el creyente más ‘antireligioso’ de todos, su trabajo por los demás hace pensar en un pastor de iglesia. Quienes lo conocen dicen que más que político, es una persona entregada a trabajar por la gente y la comunidad.
Sin embargo, su trabajo no le ha impedido compartir con su familia. En la oficina se queda hasta el mediodía y dedica las tardes para jugar con su hija de tres años. Los sábados le gusta salir de la ciudad y los domingos los reserva para ver deportes. Su preferido es el fútbol. Es un amante del Internet y disfruta de la compañía de sus cuatro perros que recogió en la calle.
Tal vez esa sensibilidad y el amor por la vida fueron lo que enamoró a Bibiana hace 14 años y a casarse hace nueve. Según ella, todavía se quieren como el primer día. Define su relación como la de un “par de compinches” y a él como “el hombre ideal”. Hoy Álvaro reconoce que fue taurino por inconsciencia. Aunque su padre, quien lo llevó esa primera vez a toros, sigue férreo en su afición, Múnera lleva una relación fraterna con toda su familia y prefiere no tocar el tema taurino con su papá para no atormentarse.
Cuando le preguntan por qué no se opera como el senador Jairo Clopatofsky, quien se implantó células madres para volver a caminar, Álvaro contesta que en la silla de ruedas hace todo lo que quiere. Ahora sólo espera abrir otro albergue de animales en Belén Bellavista, crear un movimiento por la defensa de los animales y seguir aprovechando la segunda oportunidad que le dio la vida y que considera “su mayor logro”.
Como si sólo hubieran pasado unos días, Álvaro recuerda con nitidez esa tarde cuando un toro lo embistió por la pierna izquierda y lo envió por los aires. Con tan sólo 17 años, la carrera de este joven torero quedó tendida para siempre en la arena de una plaza que lleva como nombre su apellido.
Hoy en día, con 38 años de edad, Álvaro se considera una persona rehabilitada tanto física como moralmente. Se define como un pacifista, enamorado de la vida y de la no violencia en todas sus formas. El accidente de su juventud no fue un impedimento para seguir adelante, para graduarse en teología, manejar su carro, tener una familia, y ocupar, por dos veces consecutivas, una curul en el Consejo de Medellín.
Actualmente es secretario de Asuntos sociales y empresariales del Directorio Conservador, aunque dice no saber de los postulados que rezan en la doctrina de este partido. Su meta allí es cambiar la forma de hacer política, con alternativas y soluciones reales basadas en programas grandes.
Cuando habla no deja de mover las manos y se refriega los ojos con repetición. Aunque no se puede levantar de su silla, el tamaño de sus piernas recogidas revela una estatura de algo más de un metro con 80. En sus manos lleva unos guantes de cuerpo que no le cubren la totalidad de los dedos, para no maltratarse con las ruedas de la silla. Es delgado, lleva el pelo corto, castaño y bien peluqueado. Sin duda tiene porte de torero. No es difícil imaginárselo con un traje de luces, brillando en el centro del ruedo, ovacionado por el público.
Sin embargo, cuando recuerda esos momentos de matador, dice sentir asco y vergüenza de sí mismo, y en cierto modo agradece lo que le pasó.
"El Pilarico”
Después de su primer encuentro con los toros, Múnera continuó yendo con su padre a todas las corridas y ferias. Se convirtió en un aficionado taurino. Empezó la primaria en el colegio de la U.P.B. y a los 12 años inició la carrera de torero paralela a sus estudios. Le fue bien como novillero, luego como becerrista y en 1983 ya estaba dando ‘pases’ y ‘lances’ en las ferias más importantes de Colombia.
En 1984 obtuvo su primera gloria con el trofeo de la Feria de La Candelaria. Esto le sirvió para que Tomás Redondo, un "capo" de la tauromaquia, se apoderara de él y lo llevara a España a lucirse en la meca de la fiesta brava. Allá toreó en 22 oportunidades hasta que el 22 de septiembre, en la provincia de Albacete, en la plaza de Múnera, el primer toro de nombre Terciopelo lo levantó dos veces.
En la segunda caída, Álvaro sintió un corrientazo frío. Se partió la quinta vértebra cervical y tuvo trauma cráneoencefálico. “Solamente escuchaba, no podía ver ni mover nada. No sentía el cuerpo por ningún lado, sólo oía”, recuerda Múnera. El pronóstico en el hospital de Albacete fue lesión medular completa.
Ese día ‘El Pilarico’, apodo que recibió por vivir en el sector de la Pilarica, un barrio de Medellín ubicado tras del cerro El Volador, terminó su carrera y se apagaron en la arena las luces de su traje brillante. Luego de varias intervenciones en España, fue trasladado a Estados Unidos donde lo operaron para fijar las vértebras fracturadas. Pero la lesión ya estaba y no volvería a caminar.
Aunque por años su sueño fue convertirse en un torero reconocido, hoy acepta que sólo lo hizo por influencia de su padre y por continuar con una tradición familiar de amor a los toros. De las corridas sólo recuerda las salidas por la puerta grande y la jovencita que lo esperaba en la puerta del hotel, para tener amores fugaces con el protagonista de la tarde.
El ‘delincuente’
Álvaro empezó todo un proceso de recuperación en Estados Unidos. Allá recobró la movilidad en los brazos, aprendió a manejar, a bañarse y a vestirse solo. Estudió inglés y teología en el Miami Community College. Fueron cuatro años en los que aprendió a valerse por sí mismo. Sin embargo, pese a ese resurgir en su vida, Álvaro habla con desazón de esa época como un periodo en el que se sintió como un delincuente.
La experiencia más dramática la vivió una noche en que una compañera del hospital lo invitó a su casa a cenar, para que su familia lo conociera. Cuando le presentaron a una de las tías, la señora se quedó mirándolo y le dijo sin titubear: “no sabe cuánto me alegro de que usted esté en silla de ruedas y que ojalá nunca se levante de ahí. Usted es un bárbaro, un asesino, un criminal y un torturador”.
Con el aplomo que lo caracteriza, Álvaro se puso a reflexionar antes de ponerse a pelear. Al ver que la posición frente a la tauromaquia era generalizada en ese país, se dio cuenta del error que cometió y encontró que “era imposible defender lo indefendible”, admite.
Por esas paradojas de la vida, hoy en día Álvaro es un defensor de los derechos de los animales a ultranza. Según él, con el accidente murió el Pilarico y nació otro Álvaro Múnera. Lejos de maldecir y renegar por su lesión, Álvaro la ve como “una oportunidad para reparar todo el mal que hizo”, dice. Y aunque pueda sonar masoquista, esa posición obedece a una consigna que Múnera profesa con convicción: “no hacer al otro lo que no quiere que le hagan a uno”. Por eso a su esposa, Bibiana Giraldo, tampoco le gusta recordar esa época y prefiere no indagar sobre esa vida pasada.
El concejal
Quizá por esa actitud altruista, Álvaro trabajó en el Consejo de Medellín con políticas a favor de quienes sufrían alguna inhabilidad. En sus dos periodos, desde 1998 hasta el 2003, logró la adecuación de las zonas del Metro para discapacitados, los buses especiales para personas con inhabilidad, los semáforos sonoros para ciegos y los incentivos tributarios para empresas que empleen personas con discapacidad.
También adelantó proyectos para prohibir el sacrificio de animales en vía pública, la creación del albergue para animales abandonados de la Aurora, y presentó un proyecto en la Asamblea Departamental para eliminar la pica, las banderillas y la espada de las corridas de toros, y dejar sólo el toreo de capa y muleta. Éste último no prosperó.
Aunque dice ser el creyente más ‘antireligioso’ de todos, su trabajo por los demás hace pensar en un pastor de iglesia. Quienes lo conocen dicen que más que político, es una persona entregada a trabajar por la gente y la comunidad.
Sin embargo, su trabajo no le ha impedido compartir con su familia. En la oficina se queda hasta el mediodía y dedica las tardes para jugar con su hija de tres años. Los sábados le gusta salir de la ciudad y los domingos los reserva para ver deportes. Su preferido es el fútbol. Es un amante del Internet y disfruta de la compañía de sus cuatro perros que recogió en la calle.
Tal vez esa sensibilidad y el amor por la vida fueron lo que enamoró a Bibiana hace 14 años y a casarse hace nueve. Según ella, todavía se quieren como el primer día. Define su relación como la de un “par de compinches” y a él como “el hombre ideal”. Hoy Álvaro reconoce que fue taurino por inconsciencia. Aunque su padre, quien lo llevó esa primera vez a toros, sigue férreo en su afición, Múnera lleva una relación fraterna con toda su familia y prefiere no tocar el tema taurino con su papá para no atormentarse.
Cuando le preguntan por qué no se opera como el senador Jairo Clopatofsky, quien se implantó células madres para volver a caminar, Álvaro contesta que en la silla de ruedas hace todo lo que quiere. Ahora sólo espera abrir otro albergue de animales en Belén Bellavista, crear un movimiento por la defensa de los animales y seguir aprovechando la segunda oportunidad que le dio la vida y que considera “su mayor logro”.

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