viernes, 28 de marzo de 2008

Los libros enfermos de la biblioteca central


Con una paciencia admirable y una delicadeza prolija, tres señoras son las encargadas del cuidado de los libros, periódicos y revistas, que por el uso o por el paso del tiempo hacen parte del material enfermon de la Biblioteca Central



por Nicolás Martínez Rivera



En una mesa larga de madera reposan un bisturí, pedazos de algodón y una aguja con hilo. También hay una botella de alcohol y trozos de un papel blanco parecido a la gaza de los hospitales. Al pie de la mesa, una señora que campea en los cincuenta años, de presencia apacible y movimientos sosegados, saca de su bata blanca unos guantes quirúrgicos y un tapabocas. Se pone unas gafas de protección y se sienta en una butaca de metal para empezar su labor.
Es el preámbulo de una operación.


No obstante, en esta ocasión el paciente no es una persona sino un libro. Y la señora con pinta de enfermera es Rosa Delia Álvarez, la encargada de restaurar los libros que llevan sobre sus lomos el trasegar de varias décadas, y que han ido a ser parte de la Colección Patrimonial de la Universidad de Antioquia, en Medellín.


Ubicada en el cuarto piso de la Biblioteca Central, Rosa Delia llega desde las ocho de la mañana y puede quedarse varias horas limpiando hojas, pegando retazos, cosiendo cuadernillos y prensando carátulas. Su labor consiste en recuperar las piezas maltratadas, mutiladas o corroídas por el polvo y los hongos, que llegan agonizantes a sus manos en busca de unos años más de vida.


En esta oportunidad el enfermo es un álbum con láminas sueltas de San Agustín. En un salón grande y en compañía de un radio que muele música clásica, Doña Rosa esparce pegante en las láminas quebradas, con una suavidad maternal en la que demuestra el amor que siente por un trabajo que inició por voluntad propia.


Hace siete años, cuando decidió hacer algo por los libros deteriorados trabajando en la Colección Antioquia, emprendió sola el trabajo de restaurar el material de Patrimonio, una colección que guarda en sus anaqueles cerca de 40 mil ejemplares. A esta selección pertenecen los libros editados antes de 1950 y figuran publicaciones con casi cuatro siglos de antigüedad como el Codicis Sacratissimi, que data de 1612.


Rosa Delia es la única encargada de restaurar los libros, revistas y folletos antiguos. Ella dice no dar abasto con todo el material. Por tal razón, Rosa Delia no está sola cuando se trata de colaborar con piezas dañadas. A escasos pasos de allí, Luz María Palacios, quien también viste un uniforme como de hospital, tiene bajo su cuidado los periódicos con noticias de otras épocas. Luego de una intervención dispendiosa, Luz María los deja listos para microfilmar. Ejemplares de El Correo Liberal, de 1918 a 1920, reposan sobre entretelas en donde se seca el pegante con el que Luz María remienda las hojas resecas.


La restauración de documentos de la Colección Antioquia, Colección Documental, Periódicos y Archivos Personales, que conforman las Colecciones Patrimoniales, convierten a este salón en toda una sala de cuidados intensivos. Pero la preservación y asistencia del material bibliográfico no se remite sólo a los ‘viejitos’. En ese mismo piso funciona la oficina de encuadernación. Allí, reposan sobre unas cajas rodantes cientos de ejemplares de la Colección General, que son remitidos a la prensa, la refiladora, la estampadora y la guillotina que maneja Consuelo Edilma Montoya, quien arregla los libros de préstamo general. Ella empezó hace seis meses a trabajar en el cuidado de los libros enfermos, y junto a Rosa Delia y Luz María, conforma el grupo de enfermeras de la Biblioteca Central.

El arte de restaurar


El hecho de que el cuidado de los libros sea realizado por mujeres, obedece más a una casualidad que una obligación. Sin embargo, a primera vista parece un trabajo que no está hecho para cualquier persona. Según Luz María, lo importante allí es tener habilidad para armar rompecabezas y gusto por las manualidades. Consuelo, por su parte, considera vital tener paciencia y ponerle amor a este trabajo. Razón que comparte Rosa Delia: “Uno se encariña mucho con los libros y le duele cuando mutilan o maltratan alguno. Hay muchos depredadores de libros, que ignoran el valor de estas colecciones”, dice.

En lo que todas concuerdan es que esta labor tiene algo de arte. Y si bien el trabajo de estas tres señoras es, en esencia, el mismo, cada una de ellas tiene un método propio para trabajar.


En la oficina de encuadernación, por ejemplo, Consuelo empieza por los libros más fáciles de reparar. Diariamente recibe entre 70 y 100 títulos, que separa entre arreglos menores y mayores, dependiendo del daño que presente el material. Los primeros se refieren a ejemplares con algunas hojas dañadas o sueltas, que Consuelo soluciona con remiendos simples. Los del segundo diagnóstico, requieren, por lo general, cambio de pasta y una costura nueva. Un libro con estas características puede demorarse un promedio de tres días.


También los selecciona según la demanda de préstamo y cuando alguien requiere un libro con urgencia, Consuelo hace un remiendo provisional y lo pone a disposición del usuario. Pero mientras ella repara al día entre 20 y 30 libros de arreglos menores, Rosa Delia, la encargada de los “viejitos”, puede durar un mes en la restauración de un solo ejemplar.


Fue el caso del Diccionario de Raíces Griegas y Latinas, editado en 1928. Traía sus casi mil páginas en mal estado. “Me acuerdo que me lo trajeron con pedazos de las hojas en una bolsa. En la reparación me demoré más de un mes, pero era necesario porque es un libro que consultan mucho los investigadores”, cuenta Rosa Delia.


Contrario a Consuelo, ella prefiere empezar con los libros que requieren mayor intervención. “Me gustan los libros difíciles porque es un reto más grande y hay mayor satisfacción al final”, comenta. Cuando muestra su obra terminada, no oculta la felicidad mientras admira una por una las hojas remendadas.


En el caso de Luz María, la labor con los periódicos no es menos dispendiosa. En un extremo de la mesa, donde permanecen extendidos los periódicos, Luz María destina un espacio para unir los retazos de hojas de prensa, que resultan de las cajas donde están archivados. Ella selecciona diarios de distintos años y así, mientras deja secando una hoja de 1918, trabaja en una de 1920. En la restauración de los ejemplares del Correo Liberal, inició a principios del año y apenas ha reparado la mitad de las hojas.


Sin embargo, en el montaje de los libros los pasos son los mismos. Luego de limpiar el polvo hoja por hoja y desinfectarlas con alcohol de los hongos, que se reconocen por ser unas manchas de color verde, se desbarata el libro teniendo en cuenta las costuras originales. “El objetivo es recuperar el libro al máximo”, anota Rosa.


Para la reconstrucción de las hojas utilizan una mezcla viscosa entre alcohol polivinílico, metilcelulosa y agua destilada, que se esparce con un pincel y no deja huella en el lugar aplicado. Este pegante tiene la característica de ser reversible, lo cual permite retirarse fácilmente en caso de cometerse un error, sin agravar el daño de la pieza.


Al final, los cuadernillos se cosen y se ensamblan en una pasta nueva en caso de que no se pueda conservar la original. Los periódicos son microfilmados al igual que los libros con préstamo restringido. En el caso de los libros de patrimonio, Rosa Delia fabrica unas cajas en cartón para protegerlos de que vuelvan a contaminarse. En ellas deja ver sus dotes de artista, con diseños con vinilo que plasma en las carátulas.

Una labor costosa


Aunque el trabajo de reparación de material bibliográfico no es cosa sencilla, estas tres señoras han aprendido este oficio a fuerza de práctica. A lo largo de estos siete años como enfermera de los Patrimoniales, Rosa Delia admite que hay mucho de malicia indígena y de trabajo empírico en la restauración. No obstante, para perfeccionar su labor se capacitó en el Archivo General de la Nación, donde aprendió distintas técnicas del oficio. “El trabajo en restauración es muy escaso en Medellín ya que hay muy poca gente capacitada. Además, la gente no invierte mucho en esto ya que es un trabajo que debe ser bien remunerado”, anota Rosa Delia.

La tarea de restauración y reparación de material bibliográfico, además de requerir tiempo y paciencia, resulta costosa por la calidad de los materiales. Según Rosa Delia, esta es la principal diferencia entre su trabajo y el que realiza Consuelo. En los libros de encuadernación, por ejemplo, las hojas maltratadas se restituyen con papel mantequilla, las pastas se hacen con cartón industrial y el forro con percalina.


En la colección patrimonial, por el contrario, los libros enfermos se curan con papel japonés. El precio de este sustrato oriental, que realmente es importado desde Estados Unidos, es de 30 mil pesos el medio pliego. “Un libro puede costar 50 mil pesos y eso siendo muy barato. Una vez un señor me pagó 600 mil pesos por restaurar un álbum con fotografías muy antiguas”, cuenta Rosa Delia. En cuanto a la pasta del libro, debe ser en cuero para garantizar una mayor preservación. Gracias a su experiencia en esta área, Rosa Delia ha colaborado en restauración de material del Museo de Antioquia y la biblioteca Pública Piloto.



La cámara de limpieza


Aunque entre ellas no existe una jerarquía e, incluso, el trabajo de cada una es independiente, Rosa Delia parece la jefe de las enfermeras. No sólo por la trayectoria que lleva en la biblioteca, pues ya completa 32 años en medio de libros, sino porque es quizá la que más ha experimentado en la restauración.

Unos años atrás, cuando trabajaba en la Colección Antioquia, doña Rosa sentía preocupación por el material que llegaba en mal estado. “A mi me daba mucho pesar ver los libros maltratados en mis manos. En los ratos libres me dedicaba a componerlos y de remiendo en remiendo me quedé trabajando en esto”, recuerda Rosa Delia.


Como una iniciativa de ella, nació el taller de restauración, un lugar donde cualquier libro, revista o folleto deteriorado, encuentra una forma de sobrevivir al tiempo y de conservarse de forma digna en las vitrinas de la Colección. En ellas hay exhibidos más de mil ejemplares que han sido intervenidos por Rosa Delia.


Asimismo, gracias a Rosa Delia ahora cuentan con una cámara de limpieza que permite eliminar los hongos y limpiar los libros de manera segura. El invento es una caja transparente parecida a una incubadora, con dos orificios al costado y una manguera conectada a una aspiradora. El libro se pone dentro de la caja y por los orificios se introducen las manos para limpiar cada una de las hojas con ayuda de una brocha grande. Allí mismo limpia las manchas de hongos con alcohol, para evitar que contagie a los otros libros. Además de la cámara de limpieza, Rosa Delia ideó un telar para coser los libros y un tendedero para secar las hojas con pegante.


Pero pese a las medidas preventivas, Rosa Delia no ha logrado sortear los problemas respiratorios. Ella sufre de agmindalitis permanente y gripa constante. En su bata, guarda pedacitos de cáscara de mandarina para refrescar la garganta. La mayoría del personal que trabaja con materiales antiguos sufre de problemas respiratorios. Por eso, Luz María enfatiza en la necesidad de usar tapabocas y guantes para evitar cualquier infección. Consuelo, por su parte, parece ser más curtidas en este aspecto y por eso no utiliza ninguna protección.


Sin embargo, recuerda el día en que llegó un muchacho a ayudarle en la encuadernación y se fue a los tres días porque, según cuenta, un animal que venía en uno de los libros se le metió en la piel.


Pese a ese amor incondicional que se nota en la labor de estas tres mujeres, Rosa Delia considera que falta mayor preocupación por parte de la Universidad. “Apenas se le está dando importancia a la restauración en la biblioteca. Nunca hemos tenido un espacio con las condiciones necesarias”, dice. Por ahora, Rosa Delia espera, al igual que su compañera de al lado, que mejoren las condiciones teniendo en cuenta que la Colección Patrimonial, que estaba en el tercer piso, va a ser trasladada para el cuarto, en donde el entorno de trabajo tiene más ventajas.


También esperan que la estantería la cambien por una rodante, así facilitan su trabajo. “La restauración no está funcionando sobre ruedas, pero hay que tener paciencia. Tengo la esperanza de que por fin van a adecuar un espacio ideal para continuar con este trabajo”, concluye.


Publicado en el periódico Alma Máter

Universidad de Antioquia abril de 2006

1 comentario:

Serlofranco dijo...

Nicolás. Me gustaría saber si ha hecho algún seguimiento sobre esta restauración, luego de un año de ejecutada. Le pregunto, porque me interesa saber como responde la metilcelulosa en el papel después de mucho tiempo de aplicada.
Tengo un material de prensa de 1939 que necesita reparación y quisiera saber que tan adecuado es este adhesivo. Gracias.

Sergio López.