Nicolás Martínez Rivera
Doña Beatriz Estrada es una señora cincuentona, de carnes prominentes y facciones bruscas. Con su porte majestuoso permanece sentada en una mecedora de madera y desde allí mira la novela en un televisor de perilla. Cuando alguien sube desde el primer piso, se levanta de la silla y abre una puerta enrejada.
Enseguida entra una pareja. El hombre cancela 3 mil pesos y doña Beatriz guarda el dinero en su habitación. A cambio le entrega un trozo de papel higiénico y un condón barato, y el señor se dirige a una habitación en compañía de una muchacha.
Doña Beatriz es la dueña del hotel Columbia, una casa de residencias que además de prestar el hospedaje, tiene dos piezas destinadas el servicio de la prostitución. Desde hace 11 años, cuando su esposo murió, quedó a cargo de este negocio que ya tenía casi cuatro décadas. Aunque al comienzo perdió mucho dinero y sentía asco por tener que lavar las sábanas usadas, la costumbre creó en ella cierta resistencia. “Me di cuenta que era el trabajo y el sustento de mis hijos, y aprendí a amar lo que hacía”, dice doña Beatriz con satisfacción.
El lugar es una casa vieja, de techos altos, ubicada en un segundo piso. En la entrada de las piezas hay un cuadro del corazón de Jesús, que con su llama flamante, alumbra el interior oscuro de la casa. En el interior hay 19 habitaciones y una pieza grande con 14 camas en donde duermen, como en un cuartel del ejército, recicladores y lustrabotas. La noche cuesta 6 mil pesos y la ducha 1.500.
Al cabo de diez minutos el hombre sale con la chaqueta en la mano y el sudor en la frente. La muchacha sale de la habitación, sin gesto alguno en su rostro, con una indiferencia soberana, baja al primer piso y se ubica en la entrada con otras mujeres que esperan la llegada de otro hombre ávido de sexo. Son las prostitutas de Guayaquil.
El negocio del sexo
La entrada del negocio se compone de unas escaleras numerosas y estrechas que forman un callejón oscuro. En la puerta, en espera de los clientes, cerca de diez muchachas permanecen sentadas con faldas cortas que dejan ver las piernas salpicadas por la celulitis y blusas escotadas por donde se asoman barrigas colosales.
Aunque les dicen mujeres de vida alegre, en la cara de quienes esperan en la puerta sólo se ve tristeza y cansancio. Desde las cuatro de la mañana, cuando el hotel Columbia abre las puertas, estas mujeres, entre los 15 y 35 años, suben y bajan las escaleras hasta la media noche y hacen alrededor de 40 visitas en total.
La tarifa por el cuarto vale tres mil pesos y doña Beatriz les devuelve la mitad si lo entregan arreglado. Por su parte, las mujeres acuerdan con los clientes el precio de su servicio, que pagan entre 2 mil y 15 mil pesos por un rato de placer. Aunque los gastos de arriendo son de un millón de pesos y 800 mil en servicios, gracias al hotel Columbia Doña Beatriz ha sacado adelante a los cinco hijos del primer matrimonio y al menor que tiene con el segundo marido.
En el interior de la casa se respira un ambiente denso de un aire que ha sido usado varias veces. Las habitaciones destinadas a la prostitución constan de un catre de madera y un colchón con una sábana envuelta en un tendido de plástico, que se cambia cada vez que un cliente termina. Al pie de cada cama, doña Beatriz mantiene un platón con agua caliente que las muchachas usan para lavarse después de tener relaciones.
Una madre adoptiva
Doña Beatriz, según cuenta, siente un cariño muy especial por las muchachas y procura hacer lo necesario para ayudarles. “Esa vida no se la deseo a nadie. Ellas son mujeres que carecen de mucho afecto y aunque muchas quisieran dejar esta vida, la situación no las deja”, comenta.
Pese a su rostro rudo y apariencia varonil, la señora Beatriz Estrada es una mujer maternal y cariñosa con las muchachas. La mayoría de ellas le dicen ‘mamá’ y en más de una ocasión ha tenido que interceder con un cliente que se rehúsa a pagar el servicio.
“Una vez se iba a volar un señor sin pagarle a una muchacha que se le olvidó cobrarle por adelantado. Yo le hablé, le dije que podría tratarse de su propia hermana y el señor dejó los pantalones como parte de pago”, recuerda.
Por eso, aunque ninguna tiene un contrato con este hotel, la mayoría de las trabajadoras viene todos los días e incluso algunas duermen en la misma residencia. La dueña del Columbia se sabe el nombre de todas las muchachas y la historia de porqué llegaron a este negocio.
Amilvia Barrera, una mujer de ojos claros y tez bronceada, llegó hace cinco años a vender su cuerpo por recomendación de una tía que se hospedaba en el hotel. Sin embargo, bastaron tres meses para que abandonara este trabajo, en parte por recomendación de doña Beatríz.
No obstante, el recuerdo de esa primera vez que se acostó por dinero, aún permanece imborrable. “Era un lunes. Cuando entré a la habitación empecé a llorar y me dieron ganas de vomitar. Entonces el señor me dijo que no me preocupara y me explicó que sólo tenía que desnudarme de la cintura para abajo”, cuenta Amilvia.
A partir de esa experiencia, doña Beatriz supo de inmediato que ese no era el camino destinado para Amilvia. Le dijo que se saliera de esa vida y le ofreció trabajo como ayudante del hotel en oficios varios. Además, le ayudó a comprar la casa donde vive y, por esos azares de la vida, ahora está casada con el hombre que le enseñó a desvestirse. Según Amilvia, el cariño que recibió de doña Beatriz fue la primera muestra de un amor carente por parte de su madre, que siempre la trató como uno más de los ocho hombres que componían su hogar.
Pero Amilvia no es la única que encuentra en la señora Estrada un apoyo. Según Yuli Andrea Tobón, de 19 años, “ella es muy buena con todas nosotras y todas somos hijas de ella”, dice.
- Por qué empezó en el negocio de la prostitución.
- Porque en mi casa había mucha necesidad y yo estaba muy aburrida. De esta forma me puedo vestir y salir a bailar- comenta Yuli. Según ella, “ser puta es muy fácil, lo difícil es montársele a un hombre que no le gusta a uno”.
Negocio familiar
Además de doña Beatriz, sus hijos le colaboran varios días en un negocio que ya es patrimonio familiar. Cuando llegan del trabajo, la saludan de beso en la boca y se quedan en una habitación destinada únicamente para la familia. Desde allí reciben el dinero y despachan cerveza o gaseosa que en ocasiones piden los clientes o los mismo residentes del hotel.
No obstante, a su hijo menor no lo deja ir desde el día en que llegó el CTI para revisar la casa y encontraron al niño en la habitación. Ese día se lo llevaron para Bienestar Familiar junto con la hija de Amilvia, que permanecía allí mientras su madre trabajaba. Aunque ambos niños fueron entregados al día siguiente, les advirtieron que si volvían a llevarlos les cerrarían el negocio.
Por eso, pese a estar acostumbrada a su negocio, doña Beatriz está esperando reunir un poco de dinero para dejar el hotel. Más allá de una cuestión de cansancio, lo suyo tiene que ver con cuestiones morales. “Yo estudio la biblia y me gusta creer en Jehová. Pero yo sé que con este trabajo estoy ayudando al adulterio”, concluye.
Doña Beatriz Estrada es una señora cincuentona, de carnes prominentes y facciones bruscas. Con su porte majestuoso permanece sentada en una mecedora de madera y desde allí mira la novela en un televisor de perilla. Cuando alguien sube desde el primer piso, se levanta de la silla y abre una puerta enrejada.
Enseguida entra una pareja. El hombre cancela 3 mil pesos y doña Beatriz guarda el dinero en su habitación. A cambio le entrega un trozo de papel higiénico y un condón barato, y el señor se dirige a una habitación en compañía de una muchacha.
Doña Beatriz es la dueña del hotel Columbia, una casa de residencias que además de prestar el hospedaje, tiene dos piezas destinadas el servicio de la prostitución. Desde hace 11 años, cuando su esposo murió, quedó a cargo de este negocio que ya tenía casi cuatro décadas. Aunque al comienzo perdió mucho dinero y sentía asco por tener que lavar las sábanas usadas, la costumbre creó en ella cierta resistencia. “Me di cuenta que era el trabajo y el sustento de mis hijos, y aprendí a amar lo que hacía”, dice doña Beatriz con satisfacción.
El lugar es una casa vieja, de techos altos, ubicada en un segundo piso. En la entrada de las piezas hay un cuadro del corazón de Jesús, que con su llama flamante, alumbra el interior oscuro de la casa. En el interior hay 19 habitaciones y una pieza grande con 14 camas en donde duermen, como en un cuartel del ejército, recicladores y lustrabotas. La noche cuesta 6 mil pesos y la ducha 1.500.
Al cabo de diez minutos el hombre sale con la chaqueta en la mano y el sudor en la frente. La muchacha sale de la habitación, sin gesto alguno en su rostro, con una indiferencia soberana, baja al primer piso y se ubica en la entrada con otras mujeres que esperan la llegada de otro hombre ávido de sexo. Son las prostitutas de Guayaquil.
El negocio del sexo
La entrada del negocio se compone de unas escaleras numerosas y estrechas que forman un callejón oscuro. En la puerta, en espera de los clientes, cerca de diez muchachas permanecen sentadas con faldas cortas que dejan ver las piernas salpicadas por la celulitis y blusas escotadas por donde se asoman barrigas colosales.
Aunque les dicen mujeres de vida alegre, en la cara de quienes esperan en la puerta sólo se ve tristeza y cansancio. Desde las cuatro de la mañana, cuando el hotel Columbia abre las puertas, estas mujeres, entre los 15 y 35 años, suben y bajan las escaleras hasta la media noche y hacen alrededor de 40 visitas en total.
La tarifa por el cuarto vale tres mil pesos y doña Beatriz les devuelve la mitad si lo entregan arreglado. Por su parte, las mujeres acuerdan con los clientes el precio de su servicio, que pagan entre 2 mil y 15 mil pesos por un rato de placer. Aunque los gastos de arriendo son de un millón de pesos y 800 mil en servicios, gracias al hotel Columbia Doña Beatriz ha sacado adelante a los cinco hijos del primer matrimonio y al menor que tiene con el segundo marido.
En el interior de la casa se respira un ambiente denso de un aire que ha sido usado varias veces. Las habitaciones destinadas a la prostitución constan de un catre de madera y un colchón con una sábana envuelta en un tendido de plástico, que se cambia cada vez que un cliente termina. Al pie de cada cama, doña Beatriz mantiene un platón con agua caliente que las muchachas usan para lavarse después de tener relaciones.
Una madre adoptiva
Doña Beatriz, según cuenta, siente un cariño muy especial por las muchachas y procura hacer lo necesario para ayudarles. “Esa vida no se la deseo a nadie. Ellas son mujeres que carecen de mucho afecto y aunque muchas quisieran dejar esta vida, la situación no las deja”, comenta.
Pese a su rostro rudo y apariencia varonil, la señora Beatriz Estrada es una mujer maternal y cariñosa con las muchachas. La mayoría de ellas le dicen ‘mamá’ y en más de una ocasión ha tenido que interceder con un cliente que se rehúsa a pagar el servicio.
“Una vez se iba a volar un señor sin pagarle a una muchacha que se le olvidó cobrarle por adelantado. Yo le hablé, le dije que podría tratarse de su propia hermana y el señor dejó los pantalones como parte de pago”, recuerda.
Por eso, aunque ninguna tiene un contrato con este hotel, la mayoría de las trabajadoras viene todos los días e incluso algunas duermen en la misma residencia. La dueña del Columbia se sabe el nombre de todas las muchachas y la historia de porqué llegaron a este negocio.
Amilvia Barrera, una mujer de ojos claros y tez bronceada, llegó hace cinco años a vender su cuerpo por recomendación de una tía que se hospedaba en el hotel. Sin embargo, bastaron tres meses para que abandonara este trabajo, en parte por recomendación de doña Beatríz.
No obstante, el recuerdo de esa primera vez que se acostó por dinero, aún permanece imborrable. “Era un lunes. Cuando entré a la habitación empecé a llorar y me dieron ganas de vomitar. Entonces el señor me dijo que no me preocupara y me explicó que sólo tenía que desnudarme de la cintura para abajo”, cuenta Amilvia.
A partir de esa experiencia, doña Beatriz supo de inmediato que ese no era el camino destinado para Amilvia. Le dijo que se saliera de esa vida y le ofreció trabajo como ayudante del hotel en oficios varios. Además, le ayudó a comprar la casa donde vive y, por esos azares de la vida, ahora está casada con el hombre que le enseñó a desvestirse. Según Amilvia, el cariño que recibió de doña Beatriz fue la primera muestra de un amor carente por parte de su madre, que siempre la trató como uno más de los ocho hombres que componían su hogar.
Pero Amilvia no es la única que encuentra en la señora Estrada un apoyo. Según Yuli Andrea Tobón, de 19 años, “ella es muy buena con todas nosotras y todas somos hijas de ella”, dice.
- Por qué empezó en el negocio de la prostitución.
- Porque en mi casa había mucha necesidad y yo estaba muy aburrida. De esta forma me puedo vestir y salir a bailar- comenta Yuli. Según ella, “ser puta es muy fácil, lo difícil es montársele a un hombre que no le gusta a uno”.
Negocio familiar
Además de doña Beatriz, sus hijos le colaboran varios días en un negocio que ya es patrimonio familiar. Cuando llegan del trabajo, la saludan de beso en la boca y se quedan en una habitación destinada únicamente para la familia. Desde allí reciben el dinero y despachan cerveza o gaseosa que en ocasiones piden los clientes o los mismo residentes del hotel.
No obstante, a su hijo menor no lo deja ir desde el día en que llegó el CTI para revisar la casa y encontraron al niño en la habitación. Ese día se lo llevaron para Bienestar Familiar junto con la hija de Amilvia, que permanecía allí mientras su madre trabajaba. Aunque ambos niños fueron entregados al día siguiente, les advirtieron que si volvían a llevarlos les cerrarían el negocio.
Por eso, pese a estar acostumbrada a su negocio, doña Beatriz está esperando reunir un poco de dinero para dejar el hotel. Más allá de una cuestión de cansancio, lo suyo tiene que ver con cuestiones morales. “Yo estudio la biblia y me gusta creer en Jehová. Pero yo sé que con este trabajo estoy ayudando al adulterio”, concluye.

1 comentario:
Nico, me dió por entrar a tu blog, no podía irme sin leer este artículo, me siento muy relacionada con él.
Qué bueno leerlo, logro recordar imágenes con mucha claridad.
Gracias por escribirlo y por publicarlo.
UN ABRAZO
Luisa Fernanda
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