
A los 16 años de edad, Mario Escobar Velásquez, un joven de Támesis, salió de su casa en Pereira sin decir una palabra. Dejó una carta a su mamá en la que le informaba que se iba para Medellín. Había cursado hasta segundo de bachillerato y como su padre lo había obligado a dejar los estudios para dedicarse a hacer los mandados del negocio familiar, un día, sin dársele nada, y cansado de esa situación, abrió la puerta y se marchó. Esa misma escena se repetiría años más tarde cuando abandonó su fábrica metalmecánica, para manejar su finca en Urabá. En ese entonces Mario ya rondaba los cincuenta y fue a partir de esa época cuando empezó su verdadera vida, entregada a lo que más le gustaba hacer: escribir. Luego de dos años de vida pastoril, en 1979 ganó el premio de novela Vivencias con su libro Cuando pase el ánima sola. Entonces volvió a Medellín y allí continuó con su obra, que lo llevó a ser uno de los escritores más prolíficos del país. En su libro Diario de un escritor, Mario expresó: “Cuando se entra a escribir una novela nueva, se entra en alguna especie de esclavitud. Uno está compelido, y no es dueño. La compulsión es uno mismo, pero es evidente que ya no se es dueño y se está determinado”. Mario fue un esclavo de la literatura y escribió hasta los últimos días. Su idea era hacer una obra voluminosa, y lo logró. Publicó más de quince novelas, decenas de cuentos, ensayos, crónicas y reportajes. Los más importantes son Cuando pase el ánima sola, Un hombre llamado Todero, Toda esa gente, Marimonda, Historias del bosque hondo, Muy Caribe está, entre otras.
Odios y amores
Mario regresó a Medellín y se ganó la vida dirigiendo talleres de escritura. En su casa, donde escribía, se sentaba en su estudio, solo, rodeado de libros. Ponía un bombillo en la parte de abajo del escritorio para calentar el ambiente. Allí escribía durante horas. Vivía en Aranjuez, al lado de una quebrada, y todas las mañanas les daba arroz a las tórtolas, y mantenía agua y azúcar para los colibríes. Como maestro parecía de esos antiguos, magistrales, de una sinceridad que podía molestarle a muchos. A sus alumnos les exigía una agenda como las que él usaba. Existe la anécdota de una de sus estudiantes a quien en medio de una clase le atestó un ‘agendazo’ en la cabeza. El hecho fue suficiente para que ella se retirara. Pero también había otras que se encariñaban con él, e incluso le escribían cartas. El escritor y amigo de Mario, Juan José Hoyos, a quien llamaba cariñosamente Juanito, escribió luego de su muerte: “en los talleres, era muy estricto. Algunos estudiantes forcejeaban con él, se oponían a sus normas y a sus métodos, pero casi todos acababan queriéndolo”.
Tal vez la persona más cercana a Mario fue su amigo y escritor Luis Fernando Macías. Se conocieron el día en que los dos lanzaron su primer libro. A partir de ahí, según cuenta Luis Fernando, “la vida misma los hizo hermanos”. Discutían de las formas del lenguaje. Mario era terco cuando se trataba de narrativa y defendía sus ideas a ultranza. No obstante, cuando le demostraban que estaba equivocado, reconocía su error. Esa dualidad entre lo riguroso y lo suave, es quizá uno de los rasgos que más destaca Luis Fernando: la vida de Mario trasegaba en los opuestos; en la violencia y en la ternura. Tenía una idea personal del mundo; radical en sus concepciones pero con una capacidad para percibir las cosas más allá. Creía en la reencarnación y se cuestionaba sobre la existencia. Odiaba la fama. Sus amigos lo recuerdan como un viejo cálido, afectuoso y de una lealtad admirable. A ellos les regalaba estilógrafos con tintas de todos los colores que él coleccionaba.
El amigo hijo
Héctor Escobar, el primer varón que tuvo Mario, no recuerda que su padre le haya dicho hijo en más de una ocasión. La razón: la de ellos era una relación más de amistad que familiar. Por eso, hasta en las dedicatorias de sus libros, siempre lo llamó amigohijo. Sentado en el comedor de su casa, Héctor habla sobre su padre y cuenta la afición por la música. Recuerda que le gustaba grabar cientos de casetes con canciones de su preferencia. Los marcaba con el nombre de Mescolanzas y le ponía a cada uno un número consecutivo. En ellos podía grabar baladas, luego óperas y pasar a boleros. En medio de la charla, la esposa de Héctor encuentra un casete de su suegro. El escogido es Mescolanzas # 90. Suena un tango. En la biblioteca de su casa, Héctor guarda los originales de las novelas que Mario le regalaba cada vez que terminaba. Su padre ponía una copia con papel carbón cada que se sentaba a escribir, y cuando finalizaba le entregaba los originales a su hijo. En ellos, que conserva empastados y marcados, se ven anotaciones que Mario hacía al respaldo de las hojas. En medio de la música – ahora una balada – Héctor recuerda esas tardes en que salía con su padre de casería. Era un admirador de las armas. Tenía escopetas, pistolas y un revólver calibre 38 que conservaba desde los 18 años. Aunque con el tiempo se arrepintió de esta práctica, y en una entrevista dijo que desde hacía varios años estaba “bregando a resarcir la culpa de haber muerto tantos animales”, en su tiempo era un tirador de una puntería infalible. Héctor señala una pared de su casa donde cuelga la cornamenta de un venado que cazó su padre. Además de armas, Mario coleccionaba agendas. Tuvo casi 50 en donde plasmaba pensamientos, tomaba notas o empezaba sus novelas. En ellas pegaba recortes de periódicos de la época. Héctor muestra una página en la que hay párrafos escritos con estilógrafo, con una caligrafía cursiva hermosa. En la parte inferior hay pegado una calcomanía de un elefante que sostiene en su trompa una sombrilla rosada. También hay una tortuga. Mario adornaba sus agendas con figuras de animales o con recortes de mujeres, desnudas por lo general. Era un amante de ellas, pero ante todo, de la belleza. “A mi lo bello me duele”, le dijo una vez a su amigo Luis Fernando. Era capaz de llorar con un cuadro o con una canción. “La belleza es algo fuera de serie que sabe conmover en lo mejor que uno tiene, que es el espíritu”
Un abuelo maestro
Quienes estuvieron cerca de Mario saben que los últimos dos años tuvo una preocupación; no tenía material para escribir y su rostro se veía entristecido. Julia Escobar, hija de Héctor, fue la nieta con la que llevó una relación más allá de abuelo. Estuvo en talleres con él y le incentivó el amor por la literatura. De él, además de sus enseñanzas, guarda una máquina de escribir Olivetti 82. Su abuelo fue, antes que nada, su maestro. “Siempre me decía: uno siempre escribe de lo que vive”. De ahí su literatura realista. Ella lo define como un amante de la naturaleza, solitario, sincero, cariñoso y callado. El pasado lunes 16 de abril Mario guardó silencio para siempre. A los 78 años, fue víctima de un cáncer que le descubrieron dos meses atrás. La muerte le llegó de repente. Alguien dijo una vez que la única forma en que una persona muere realmente es cuando es olvidado por el último ser humano. Ahora, cuando su nieta Julia lee sus libros, se encuentra otra vez con su abuelo contándole historias. Mario Escobar puede estar seguro de que estará vivo en sus obras por años, y quizá, por siglos. Las cenizas de su cuerpo reposan junto a las semillas de un guayacán amarillo que sus hijos sembraron en la finca de su padre, en el valle de Sajonia. La esperanza de Héctor es que esa reencarnación de la que su padre tanto habló en sus libros, resurja en las flores de ese guayacán, y sus hojas crezcan como su obra, hasta que el follaje cubra de amarillo la tierra de su finca.
Publicado en el periódico La Hoja Abril de 2007

2 comentarios:
Googleando a mi abuelo me encontré con este post y lo amé.
Gracias por describirlo de esa manera, a el, a mi papá y a mi hermana, me revvivieron un montón de recuerdos y sentimientos hacia mi familia.
Gracias :)
Diana Escobar.
Hoy después de tanto tiempo, sigo recordando al maestro que me enseñó la importancia del "de que", entre muchas otras cosas básicas y esenciales de la escritura. Y es que sacarle un 5 a Mario Escobar, era pasar todo el día con una sonrisa de idiota que daba la sensación de que uno podía llegar a escribir como él, aunque claro, al otro día uno aceptaba que eso era imposible.
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